Hace unos años un sacerdote se mudó a su nuevo destino. Al llegar, subió en un autobús para ir al centro de la ciudad. Al sentarse, descubrió que el chofer le había dado una moneda de 50 céntimos de más en el cambio. Mientras consideraba que hacer, pensó para sí mismo:

“¡Bah!, olvídalo, son sólo 50 céntimos. ¿Quién se va a preocupar por tan poca cantidad? Acéptalo como un regalo de Dios”.

Pero cuando llegó a su parada, se detuvo y, pensando de nuevo, decidió darle la moneda al conductor diciéndole: “Tome, me dio usted 50 céntimos de más”.

El conductor, con una sonrisa, le respondió: “Sé que es el nuevo sacerdote. Estaba pensando regresar a la Iglesia y quería ver qué haría usted si yo le daba cambio de más”.

El sacerdote se bajó del autobús sacudido por dentro y pensó: “¡Oh, Dios mío!, por poco te vendo por 50 céntimos”.

Mucha gente está pendiente de los cristianos, cómo actuamos, cómo vivimos… para comprobar que verdaderamente Dios existe.

Cristo ha dicho: “Vosotros sois la luz del mundo, la sal de la tierra”

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