Hubo un rey que dedicó varios años de su vida a viajar por todo el mundo en búsqueda de la mayor maravilla que pudiera existir.

Cuando regresó a su reino, empezó a pensar cuál podría ser la mayor maravilla de las que había visto, pero no fue capaz de elegir una. Reunió a sus consejeros, les enseñó miles de fotografías y, tras muchas horas de debate, nadie se atrevió a aventurar una respuesta.

Entonces llamó a un pastor que tenía fama de sabio. Y éste, después de escuchar al rey, le dijo:

“Majestad, ¿por qué ha buscado tan lejos? ¿No ha sido capaz de admirar cada minuto de su existencia, que el amanecer aparezca cada mañana, que los árboles se vistan de hojas en la primavera o que en febrero nos visiten las cigüeñas? Busque en si mismo y admire el misterio de cómo nace, se transmite y se desarrolla la vida. ¿Acaso hay maravilla mayor que esa?”

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