Un granjero había decidido comer un cordero, por lo que tomó uno de su rebaño y comenzó a degollarlo. De inmediato el cordero comenzó a sangrar abundantemente empapando sus manos. Para su sorpresa, el corderito comenzó a lamer su propia sangre de las manos del hombre. Él sintió un sudor frío que recorrió todo su cuerpo y se quedó asombrado por esta actitud. No podía creer lo que estaba viendo, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, juró que nunca más mataría otro corderito.

No existe sobre la faz de la tierra un animal tan bueno e indefenso. Cualquier otro ante esta situación, se hubiera defendido con desesperación y furia, tratando de salvar su vida.
¿Qué podemos aprender de esta historia? El cordero mansamente entrega su vida a su verdugo y le lame en lugar de morderle.

Si tú fueras el protagonista de esta historia, ante la reacción del corderito, ¿qué sentirías? ¿qué harías? Déjame decirte que si fuera yo, lo acariciaría, le pediría perdón y seguramente mis ojos se llenarían de lágrimas.

Si la actitud de un animal nos puede llegar a conmover tan profundamente, ¡cuánto más debería conmovernos el sacrificio de aquel Cordero de Dios que, para derrotar el pecado que acarreamos tú y yo, entregó su vida en la Cruz del Calvario!  

Estoy seguro que como el cordero de esta historia, si los verdugos de Jesús hubieran acercado sus manos a la boca de Jesús, Él se las hubiera besado.

Porque a Jesús tú puedes ofenderlo de mil maneras, puedes rechazarlo, maldecirlo y también puedes descargar toda tu ira, frustración, dolor… sobre Él y sin embargo, Él te seguirá acariciando, besando, hablando, aconsejando y por encima de todo, AMANDO.

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