Había una vez un payaso que divertía a los niños pero él mismo siempre estaba muy triste. Cuando regresaba a su casa, se encontraba que a su esposa no le importaba si existía y los hijos se burlaban de él por ser payaso. Aquella casa no era un hogar porque faltaba el amor. 

Cada día aquel pobre hombre volvía a su papel de payaso. Todos los niños se reían de él, menos un pequeñín que lo miraba con una gran ternura, como si le viera mas allá del maquillaje. 

Un día, ya muy cansado y deprimido, el payaso se acostó en un banco del parque y se durmió. ¿Como podré seguir de payaso si ya no me queda fuerza para hacer reír?

Al despertar se encontró con aquel pequeñín que lo miraba con ojos llenos de amor. El payaso, sorprendido, le preguntó: “¿Como descubriste que yo era el payaso si no tengo maquillaje?”

El niño respondió: “Para mi tu no eres un payaso sino mi hermano, hijo de Mi Padre. Soy Jesús. Yo di mi vida por ti”.

DIOS NOS CONOCE Y SABE LO QUE HAY EN LO PROFUNDO DE NUESTRO CORAZÓN. SÓLO ÉL NOS CONOCE TAL COMO SOMOS… ¡ES NUESTRO PADRE!

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