Mi abuela acaba de cumplir 95 años. Hace pocos meses sufrió un derrame cerebral que la ha dejado casi sin movilidad, solo mueve una mano y una parte de la cara. Ayer estuve con ella un rato y desde que salí de su casa no he parado de darle vueltas a algo. Tenía otro tema pensado para este artículo, pero tendrá que esperar. Lo que ha ocupado mi pensamiento es algo sencillo, una pregunta, ¿Por qué si el que está sano y es joven, el que va a visitar a la pobre mujer que no puede moverse, soy yo, me siento ayudado y reconfortado por ella?

Si nos detenemos a analizar la situación actual, parece que existe una mentalidad que pone en primer término la utilidad inmediata y la productividad del hombre. A causa de esta actitud, la llamada tercera edad es frecuentemente infravalorada, y los ancianos mismos se sienten inducidos a preguntarse si su existencia es todavía útil. Los asilos y residencias están llenos y no reciben todas las visitas que cabría esperar. Se llega incluso a proponer con creciente insistencia la eutanasia como solución para las situaciones difíciles.

Mi abuela se cree inútil y hasta un estorbo y pide a Dios que se la lleve con Él. Cuando habla de Dios y de la muerte, lo hace con paz y sin miedo, desde la cercanía de quien reza todos los días de casi un siglo. En cambio cuando se siente escuchada, cuando le hablo como a una persona normal y no como a una necesitada, esa idea de morir se le va de la cabeza y comienza a contarme montones de historias del pasado y a hacerme bromas del presente. Sus ojos llevan la sabiduría y la paz que otorgan 95 años de vida y experiencia. Sus consejos, refranes y chistes me hacen reflexionar y reír sinceramente. Su cara de alegría al verme y sus bendiciones cuando me voy muestran cariño y amor de verdad. Ya observaba Cicerón que “el peso de la edad es más leve para el que se siente respetado y amado por los jóvenes”.

Por todo esto, creo que es urgente recuperar una adecuada perspectiva desde la cual se ha de considerar la vida en su conjunto. Esta perspectiva es la eternidad, de la cual la vida es una preparación. Decía Juan Pablo II: “También la ancianidad tiene una misión que cumplir en el proceso de progresiva madurez del ser humano en camino hacia la eternidad. De esta madurez se beneficia el mismo grupo social del cual forma parte el anciano.”

Observando las Escrituras encontramos el primer mandamiento de la segunda tabla, “Honrarás a tu padre y a tu madre….” De su plena y coherente aplicación surge el amor de los hijos a los padres, y se pone de manifiesto el fuerte vínculo que existe entre las generaciones. Donde el precepto es reconocido y cumplido fielmente, los ancianos se sienten útiles y queridos.

“Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano” dice el Levítico. Honrar a los ancianos supone un triple deber hacia ellos: acogerlos, asistirlos y valorar sus cualidades, en definitiva, quererlos.

“Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor,tu Dios, te va a dar” (Ex 20, 12)

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