Un día, mi abuelo, con ochenta y tres años, estaba sentado débilmente en la banco del patio. No se movía, solo estaba sentado cabizbajo mirando sus manos. 

Cuando me senté a su lado no se enteró. Le pregunté: “¿Estás bien, abuelo?”

Él levantó su cabeza, me miró y sonrió: “Sí, hijo, estoy bien”.

“No quise molestarte, abuelo, pero estabas sentado aquí simplemente mirando tus manos y quise estar seguro de que estuvieses bien”, le expliqué.

“¿Te has mirado alguna vez tus manos?” -preguntó. “Quiero decir, ¿realmente mirarte las manos?”

Lentamente abrí mis manos y me quedé contemplándolas. Las volteé, palmas hacia arriba y luego hacia abajo.

No, creo que realmente nunca las había observado mientras intentaba averiguar qué quería decirme. El abuelo sonrió y me contó esta historia:

“Detente y piensa por un momento acerca de tus manos, cómo te han servido a través de los años. Estas manos, aunque arrugadas, secas y débiles han sido las herramientas que he usado toda mi vida para alcanzar, agarrar y abrazar la vida.

Ellas pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo. Cuando era niño, mi madre me enseñó a plegarlas en oración. 

Ellas ataron los cordones de mis zapatos y me ayudaron a ponerme mis botas. Han estado sucias, raspadas y ásperas, hinchadas y dobladas. 

Se mostraron torpes cuando intenté sostener a mi recién nacido hijo. 

Decoradas con mi anillo de bodas, le mostraron al mundo que estaba casado y que amaba a alguien especial. 

Ellas temblaron cuando enterré a mis padres y esposa y cuando caminé por el pasillo con mi hija en su boda. Han cubierto mi rostro, peinado mi cabello y lavado y limpiado el resto de mi cuerpo. Han estado pegajosas y húmedas, dobladas y quebradas, secas y cortadas. 

Y hasta el día de hoy, cuando casi nada más en mí sigue trabajando bien, estas manos me ayudan a levantarme y a sentarme, y se siguen plegando para orar.

Estas manos son la marca de dónde he estado y la rudeza de mi vida. Pero más importante aún, es que son ellas las que Dios tomará en las Suyas cuando me lleve a casa”. 

¡Nunca volveré a ver mis manos de la misma manera!

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