Hace tiempo hubo un niño, que vivía asustado por las continuas discusiones de sus padres, cada vez más violentas. Un día ya no pudo más, metido en su habitación, tapándose los oídos a los gritos insoportables, salió corriendo y fue a refugiarse en una parroquia cercana; al acercarse vio que una pareja discutía acaloradamente en la puerta, sintió lástima de ver que su desgracia le perseguía allí donde fuese, entró y sentado en un banco con la cabeza baja, lloraba desconsoladamente.

Desde lo profundo de su soledad hizo esta oración: “Oh Señor,  yo se que tú tienes poder, haz que cambie la mirada de mis padres, el corazón de mis padres y  que en mi casa se pueda vivir en paz, yo te entregaría todo lo que tengo aunque es muy poco”.

De repente vio que la pareja de la puerta entró, se sentó en un banco y con la mirada fija al frente permanecieron en silencio, al cabo de un rato observó como se cogían de la mano y seguidamente se abrazaron. “¡¡Este banco es milagroso!!, traeré aquí a mis padres, que se sienten en este banco, seguro que hará un milagro en ellos ” – pensó en su desesperación -.

Así lo hizo, al día siguiente consiguió convencer a sus padres y aunque discutiendo, accedieron a acompañar al niño. Él solo rezaba para que el banco estuviese libre. No fue así, una anciana se les adelantó.

El niño pensó en irse y volver en otro momento, pero sus padres decidieron sentarse en otro banco, pese a la insistencia del niño de que tenía que ser en el banco ocupado; rendido, se sentó junto a sus padres y se dedicó a observar a la anciana. Se le veía cansada, lloraba con la cabeza baja, de pronto levantó la mirada y su rostro se iluminó, dejó de llorar y hasta pudo ver como en su boca se dibujaba una sonrisa. Asombrado, quiso mostrar el milagro a sus padres pero, cuando volvió la mirada a ellos, ¡¡No lo podía creer!!, sus padres tenían las manos juntas y la mirada fija al frente, había algo en ellos distinto, se respiraba paz; ¡¡No era el banco!!, ¿Qué es lo que miraban todas esas persona que hacía que cambiasen?.

Miró al frente y vio una enorme cruz y un cartel a su lado que decía:

EL SEÑOR SANA LOS CORAZONES QUEBRANTADOS,

Y ESCUCHA LA ORACIÓN DEL HUMILDE.

Ese niño entendió que Jesús había escuchado su oración, y con un corazón agradecido, entregó todo lo que tenía. Hoy como sacerdote contempla, desde su banco, como Dios sigue siendo fiel.

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