Nistero el Grande, uno de los santos Padres del Desierto, iba un día paseando en compañía de un gran número de discípulos, que le veneraban como un hombre de Dios.

De pronto, apareció ante ellos un dragón, y todos salieron corriendo.

Muchos años más tarde, cuando Nistero yacía agonizante, uno de los discípulos le dijo: “Padre, ¿también usted se asustó el día que vimos el dragón?”

“No”, -respondió Nistero.

“Entonces, ¿por qué salió corriendo como todos?”.

“Pensé que era mejor huir del dragón para no tener que huir, más tarde, de la vanidad”.

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