Cuando el renombrado escritor escocés Walter Scott (1771-1832) estaba postrado en su lecho y a punto de morir, le dijo a su yerno: “Tráeme el Libro”.

Pero como Scott tenía veinte mil volúmenes en su biblioteca, el yerno quedó confundido. De modo que le preguntó: “¿Cuál libro?, señor”.

El famoso autor de novelas históricas respondió: “No hay nada más que un libro: la Biblia”.

En el diario de este cristiano de fe firme quedó registrado: “Desnudos venimos al mundo y desnudos salimos. Bendito sea el nombre del Señor”.

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