Un pobre hombre iba por la calle con un trozo de pan en el zurrón.

De un restaurante salía un agradable olor de carne asada.

Sacó el pan, lo pasó por encima del olor que se desprendía de la carne y se lo comió.

El dueño del restaurante, viendo la acción del pobre y lleno de rabia, lo condujo ante un sabio anciano, que entonces ejercía de juez, exigiendo una fuerte cantidad de dinero por el olor que había impregnado el pan.

El anciano cogió un par de monedas y las hizo sonar en la oreja del hostelero diciéndole:

-”El sonido de las monedas es el precio justo por el olor de la carne”.

Estar contentos con poco es difícil, con mucho es imposible.

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