Un día se encontraron el presidente de un país, el Papa, un ateo y un joven cristiano en un mismo avión. Los cuatro discutían sobre la existencia de Dios. A pesar de la insistencia de todos, el ateo no daba su brazo a torcer y decía una y otra vez que él era el más inteligente de todos ellos porque era el único que no creía en Dios.

No valían argumentos ni lógica; nadie podía convencer al ateo de que Dios si existe. Como no había forma de convencerlo decidieron terminar la conversación.

El Papa comenzó a leer su Biblia, el presidente a escribir unas cartas que necesitaba hacer, el joven cristiano se puso a leer un libro y el ateo se dedicó a programar como iba a decir al mundo que Dios no existe.

De pronto se oyó la voz del capitán del avión que decía: Señores pasajeros tenemos un problema muy serio, hay un fallo en el motor del avión y no queda más remedio que usar los paracaídas para escapar a una muerte segura. El problema es que ustedes son cuatro y solamente hay tres paracaídas.

El presidente se levantó y dijo: Soy un hombre muy importante, la nación me necesita, por lo tanto me llevo un paracaídas. Lo tomó y se tiró del avión.

Entonces el ateo se levantó de su asiento y dijo: Yo, como soy el hombre más inteligente y tengo que decirle al mundo que Dios no existe, me llevo el otro paracaídas. Así lo hizo y se tiró del avión.

Entonces el Papa mirando al joven, le dijo: Hijo yo ya soy un anciano, tu tienes una vida por delante. ¡Llévate tú el paracaídas que queda!.

El muchacho le dijo: No, Santo Padre, los dos nos tiraremos y nos salvaremos.

Esto es imposible, hijo, porque solo queda un paracaídas -respondió el Papa.

El muchacho dijo: ¡Santo Padre tirémonos los dos porque el ateo se tiró con mi mochila!.

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