-“Mamá, Dios no es Dios”.

– “¿Por qué hija?”.

-“Porque le pido que me convierta en caballo y no lo hace. ¡Mira!” dice Ester, de cuatro años, cerrando fuertemente los ojos y esperando, al abrirlos, ser su animal preferido (y a la vez, en una espera inconsciente, ser satisfecha por ese Dios que le han dicho que todo lo puede).

Y al día siguiente intentaba lo mismo pero con un león, aumentando su enfado y su decepción…

Y su padre, que escuchaba atento la conversación resolvió:

-“Dios no te convertirá en caballo, pero sí puede darte fortaleza, ni te convertirá en león, pero sí puede darte su valentía…”

Y Dios sonrió.

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