Los hermanos del cenobio tenían un almendro en el huerto. En primavera se llenaba de flores, antes de dar una cosecha abundante.

El abad se admiraba de la abundancia de frutos y de la belleza del árbol florido. Compartía con la comunidad la admiración por aquel árbol tan fecundo. Era el orgullo del monasterio durante la recreación.

La comunidad también crecía y edificaron sobre el terreno del huerto las celdas de los novicios recién ingresados. Su afecto por el almendro era tan grande que decidieron trasplantarlo y no talarlo.

Al desgajarlo, el hermano procurador entró en la celda del abad y le comunicó el desagrado que un detalle del almendro le causaba. Propuso al abad cortar esa parte, para liberar la belleza del árbol de aquella fealdad manifiesta.

El abad le preguntó porqué nadie había reparado antes en un defecto tan desagradable.

“Porque hasta ahora”, contestó, “esa parte había permanecido oculta. La parte que me desagrada es la misma raíz del árbol. Debemos cortarla antes de volverlo a plantar en su nuevo lugar”.

Nadie en su sano juicio cortaría la raíz de un árbol tan fecundo por muy fea que le pareciese dicha raíz.
Si lo hiciese, el daño sería irreparable: en la siguiente temporada el almendro ni fructificaría ni daría flores. Por el contrario, moriría.

No se puede esperar que un árbol dé frutos o embellezca algún huerto si se cortan las raíces con que se nutre.

Ciertamente las raíces pueden resultar poco atractivas para alguien.

Pero si el amo del huerto quiere seguir obteniendo frutos o flores, entonces el amo debe dejar intacto el árbol con sus correspondientes raíces.

Sin embargo, existe quien quiere el imposible de que el almendro siga dando frutos con las raíces cortadas.

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