Cuando yo tenía 18 años vivíamos en las afueras de la ciudad de Durban, en Sudáfrica, en medio de plantaciones de azúcar.

A mis dos hermanas y a mi siempre nos entusiasmaba el poder ir a la ciudad a visitar amigos o ir al cine.

Un día mi padre me pidió que le llevara a la ciudad para asistir a una conferencia que duraba todo el día y yo aproveché la oportunidad.

Como iba a la ciudad mi madre me dio una lista de cosas del supermercado que necesitaba y como iba a pasar todo el día en la ciudad, mi padre me pidió que me hiciera cargo de algunas cosas pendientes como llevar el coche al taller.

Cuando despedí a mi padre, él me dijo: -Nos vemos aquí esta tarde a las 7 y volvemos a casa juntos.

Hice todos los encargos muy rápidamente y me fui hasta el cine más cercano. Me metí tanto en la película que me olvidé del tiempo. Eran las 7,30 cuando me acordé. Corrí al taller, cogí el coche y fui hasta donde mi padre me estaba esperando. Eran casi las 8,30.

Él me preguntó con ansiedad: -¿Por qué llegas tarde hijo?-

Me sentía mal por eso y no le podía decir que estaba viendo una película. Entonces le dije que el coche no estaba listo y tuve que esperar. Esto lo dije sin saber que mi padre ya había llamado al taller.

Cuando se dio cuenta que había mentido, me dijo: -Algo no anda bien en la manera que te he criado que no te ha dado la confianza de decirme la verdad. Voy a reflexionar qué es lo que hice mal contigo. Voy a caminar los 18 kilómetros hasta casa y pensar sobre esto.

Así que vestido con su traje y sus zapatos elegantes, empezó a caminar hasta la casa por caminos que ni estaban asfaltados ni iluminados. No lo podía dejar solo… Así que yo conduje 5 horas y media detrás de él… Viendo a mi padre sufrir la agonía de una mentira estúpida que yo había dicho.

Decidí desde ahí que nunca más iba a mentir.

 

Alguien le preguntó una vez al gran Aristóteles:

 

– “¿Qué se gana con la mentira?”.

 

 “Que no te crean cuando dices la verdad” respondió el filósofo.

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