Hace poco subí a un taxi rumbo a la Estación Central de Ferrocarril y cuando íbamos de camino estuvimos a punto de estrellarnos con un coche que de repente salió como un bólido de donde estaba estacionado.

El conductor del taxi pegó un frenazo, derrapó y casi le pegamos al coche que quedó frente a nosotros.

Después de esto, el conductor del coche que casi causó el accidente, asomando la cabeza por la ventanilla comenzó a gritarnos una cantidad horrible de insultos y majaderías.

Todavía recuperándome del susto, lo que acabó de sacarme de mis casillas fue la actitud del chófer de mi taxi, quien en forma extremadamente amistosa y cortés le sonreía y saludaba con la mano al conductor del otro vehículo.

Yo estaba furioso y confundido, pero no me quedé con las ganas y le pregunté al conductor de mi taxi por qué se ponía a sonreír y saludar al tipo que casi nos hizo chocar, arruinar su taxi y posiblemente hasta enviarnos al hospital.

Entonces, el taxista con voz pausada me dijo: Mire, ¿ve aquel camión de basura?.

Sí, le dije, ¿y eso qué tiene que ver?.

-Pues, así como esos camiones de basura, hay muchas personas que van por la vida llenos de basura, frustración, rabia, y decepción.

Cuando la basura se les va acumulando necesitan encontrar un lugar donde vaciarla, y si usted los deja seguramente le vaciarían su basura, sus frustraciones, sus rabias y sus decepciones.

Por eso cuando alguien quiere vaciar su basura en mí, no se lo tomo a mal; sino tan sólo sonrío, saludo, le deseo todo el bien del mundo y sigo mi camino.

Si nos insultan, bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos. Si nos difaman, respondemos con amor.

Hemos venido a ser como la basura del mundo y el desecho de todos.

1ª Corintios 4

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