Jean-Claude es un joven cristiano, simpático y generoso. Y sin embargo, ¡en qué medio familiar se desenvuelve!

Dos habitaciones para siete personas. El padre, alcohólico. Dos hermanas, más o menos, prostitutas.

Jean-Claude es un rayo de luz en medio de un cielo muy oscuro.

Un día, hablando con él, le pregunté: “¿Cómo es posible que hayas podido ser lo que eres con una familia como la tuya?”

Él me respondió: “Una noche, cuando yo tenía ocho años, entró mi padre borracho, como de costumbre. Yo le tenía, a la vez, miedo y odio. Estaba durmiendo cuando alguien me despertó: era él. Lloraba a lágrima viva apoyada su cabeza sobre la almohada, muy cerca de mí.

Jean-Claude, me dijo, no hagas nunca como yo, que soy un desgraciado”.

Desde aquella noche quiero a mi padre tal como es, precisamente porque ha sido sincero conmigo por una vez. Cristo, sin duda, me habló aquella noche.

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