Un burro fue a parar a las caballerizas del rey de cierto país.

Su vida era un constante trabajo, un continuo ir de aquí para allá, siempre cargado, siempre maltratado.

En su agotamiento, el burro envidiaba la suerte de los caballos, su belleza, su elegancia, el trato exquisito que se les daba, su buena comida…, y así, se sentía desdichado con su suerte.

Un día, se desató una guerra con su país vecino, y todos los caballos fueron preparados para la contienda.

Al partir, con sus arreos de guerra, con los soberbios jinetes, estaban más hermosos que nunca.

Pero, transcurridos unos días, comenzaron a regresar de la batalla: muchos de los caballos habían muerto, otros llegaban heridos, sucios, cansados y deshechos.

Desde entonces, el burro dejó de envidiar la suerte de los caballos.

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