San José María Escrivá  se metía a primera hora de la mañana en el confesionario, en la Iglesia de Santa Isabel.

Y todas las mañanas, en medio de una confesión o de la lectura del breviario, oía abrirse violentamente la puerta de la iglesia y, a continuación, un estrépito de ruidos metálicos, seguido de un portazo.

Curioso por saber de qué se trataba, porque no veía la puerta desde el confesionario, se apostó un día a la entrada de la iglesia.

Al abrirse ruidosamente la puerta se dio de cara con un lechero, cargado con sus cántaras de reparto. Le preguntó qué hacía.

– Yo, Padre, vengo cada mañana, abro y le saludo: “Jesús, aquí está Juan el lechero”.

El capellán se quedó cortado, y se pasó aquel día repitiendo su jaculatoria: – “Señor, aquí está este desgraciado, que no te sabe amar como Juan el lechero”.

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