Un hombre se enteró un día de que Dios iba a ir a verlo.

“¿Viene a mí?, ¿a mi casa?” –-pensó preocupado-.

Echó un vistazo por toda la casa, de arriba abajo, y ahora que iba a venir Dios, vio su casa con otros ojos.

“¡¡Imposible!! ¡¡Pobre de mí!!” -se lamentaba- “No puedo recibir a Dios con esta casa llena de polvo, suciedad y desorden. Ni siquiera hay aire para respirar”. Abrió puertas y ventanas.

“¡Amigos, hermanos, os lo suplico ayudadme a limpiar mi casa!”

Empezó a barrer y limpiar,  y vio que alguien corría a ayudarle. “Estupendo, entre los dos será más fácil”. Quemaron la ropa vieja, se arrodillaron para fregar a fondo, lograron incluso sacar la suciedad de los rincones más escondidos.

“No acabaremos nunca” -gemía el hombre-.

“Acabaremos”, -le decía el otro-. “Con calma acabaremos”

Finalmente la casa parecía otra y olía a limpio.

“¡Ahora! ¡Ahora sí puede venir Dios! ¿Dónde estará esperando?”  -dijo el hombre-.

“Estoy aquí”, -dijo el que le había ayudado-, “Siéntate y cena conmigo”

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