Foto: EL PERDÓN 
Si alguna vez en tu vida has odiado a alguien, justificada o injustificadamente, te invito a que pienses lo que eso significa.
Tú tienes un valioso tesoro que es tu tiempo, un recurso que minuto a minuto desaparece, el cual no es otra cosa que la oportunidad que todos tenemos de utilizarlo para descubrir nuestro verdadero ser.
¿Y sabes qué sucede cuando estás odiando a alguien? Le estás regalando instantes preciosos de tu vida a quien dices no querer... ¡Qué contrasentido más grande!
Cada minuto que piensas en el daño que te hicieron, cada segundo que tu mente ocupa en pensar cuánto te lastimaron, en lo malo de la ofensa recibida, le estás obsequiando las joyas más valiosas que posees a quien más dices odiar.
¿Y qué tal si la ofensa recibida no es tal?... Si resulta que tú fuiste causante de la reacción que ahora te duele... ¿Qué tal si estás en un error?... Porque puede ser... ¿No lo crees así?
En una forma u otra, el responsable de cómo te sientas eres tú: eres tú quien sufre cada momento desagradable que recuerdas, eres tú quien revive --como si fuera hoy-- los incidentes que consideras más dañinos para tu persona y, al hacerlo, te ofendes nuevamente.
Cada vez que lo recuerdas, tu adrenalina se libera en tu cuerpo como si fuera hoy lo que sucedió ya hace tiempo. Tu organismo se envenena y tu alma también.
Tal vez por eso puedas entender ahora que perdonar a los demás es perdonarnos a nosotros mismos. La magia del perdón ocurre de adentro hacia afuera:
«Yo te perdono de todo corazón
porque al perdonarte me perdono a mí mismo,
y libero para siempre mi ser
de esos obstáculos que impiden mi crecimiento.
Yo te perdono porque reconozco en ti
una manifestación diferente,
pero una misma esencia».