Imagen relacionadaEn cierta ocasión, siendo San Bernardo un joven muy elegante, de buen aspecto, y cuando todavía no había entrado en la vida monástica, se  encontraba cabalgando lejos de su casa con varios amigos, hasta que cayó la noche, por lo que tuvieron que buscar hospitalidad en una casa.

La dueña los recibió bien, e insistió en que Bernardo, como jefe del grupo, ocupase una habitación separada. Durante la noche, la mujer se presentó en la habitación con intenciones deshonestas. Bernardo, en cuanto se dio cuenta de lo que se avecinaba, fingió con gran presencia de ánimo creer que se trataba de un intento de robo, y con toda su fuerza empezó a gritar:

–  ¡Ladrones, ladrones!

La intrusa se alejó rápidamente. Al día siguiente, cuando el grupo se marchaba cabalgando, sus amigos empezaron a bromear acerca del imaginario ladrón, pero Bernardo, contestó con toda tranquilidad:

–  No fue ningún sueño. El ladrón entró indudablemente en la habitación, pero no para robarme el oro y la plata, sino algo de mucho más valor.

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