Category: Para reflexionar


 

 

 

 

 

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[pasteur.jpg]Un joven universitario se sentó en el tren frente a un señor de edad, que devotamente pasaba las cuentas del rosario. El muchacho, con la arrogancia de los pocos años y la pedantería de la ignorancia, le dijo: “Parece mentira que todavía crea usted en esas antiguallas…”.

“Así es. ¿Tú no?”, le respondió el anciano.

“¡Yo!, dijo el estudiante lanzando una estrepitosa carcajada. Créame: tire ese rosario por la ventanilla y aprenda lo que dice la ciencia”.

“¿La ciencia?, preguntó el anciano con sorpresa. No lo entiendo así. ¿Tal vez tú podrías explicármelo?”

“Deme su dirección, replicó el muchacho, haciéndose el importante y en tono protector, le puedo mandar algunos libros que le podrán ilustrar”.

El anciano sacó de su cartera una tarjeta de visita y se la alargó al estudiante, que leyó asombrado: “Louis Pasteur. Instituto de Investigaciones Científicas de París”.

El pobre estudiante se sonrojó y no sabía dónde meterse. Se había ofrecido a instruir en la ciencia al que, descubriendo la vacuna antirrábica, había prestado, precisamente con su ciencia, uno de los mayores servicios a la humanidad.

Pasteur, el gran sabio que tanto bien hizo a los hombres, no ocultó nunca su convicción religiosa.

Un grupo de ranas viajaba por el bosque y de repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando vieron lo hondo que era el hoyo, le dijeron a las dos ranas en el fondo que se debían dar por muertas ya que no saldrían.

Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con todas sus fuerzas. Las otras seguían insistiendo que sus esfuerzos serían inútiles.

Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió. Ella se desplomó y murió.

La otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible. Una vez más, la multitud de ranas le gritaba y le hacían señas para que dejara de sufrir y que simplemente se dispusiera a morir, ya que no tenía sentido seguir luchando. Pero la rana saltaba cada vez con más fuerzas hasta que finalmente logró salir del hoyo.

Cuando salió, las otras ranas le dijeron: “Nos alegramos mucho de que hayas logrado salir, a pesar de lo que te hemos gritado”. La rana les explicó que era sorda, y que pensó que las demás la estaban animando a esforzarse más y salir del hoyo.

En los Estados Unidos de América, en la NASA, hay un póster muy bonito de una abeja, el cual dice así: “Aerodinámicamente, el cuerpo de una abeja no está hecho para volar, lo bueno es que la abeja no lo sabe”.

“TÚ Y YO HEMOS SIDO CREADOS PARA EL CIELO… ¿LO SABES?”

Resultado de imagen de prohibido quejarsePensaba que mi vida no iba bien. Sentía que algo siempre me faltaba. Entonces hablé con Dios.

– Me quejé de lo que me salió mal en el trabajo, pero no agradecí las manos que tengo para trabajar.

– Me quejé de tener que soportar el ruido de mis hermanos, pero no agradecí por tener una familia.

– Me quejé cuando no tenía lo que más me gustaba para comer, pero olvidé agradecer el hecho de tener qué comer.

– Me quejé por mi salario, cuando miles ni siquiera tienen uno por estar parados.

– Me quejé porque no apagaban la luz de mi cuarto al salir, pero no pensé en que muchos no tienen hogar donde tener alguna luz encendida.

– Me quejé por no poder dormir un poquito más, olvidando a quienes darían todo por tener su cuerpo sano para poder levantarse.

– Me quejé porque mi madre me reprendía, cuando millones desearían tenerla viva para poder honrarla y abrazarla.

– Me quejé porque no tenía tiempo, cuando me pidieron que diera catequesis sobre Jesús, olvidando el privilegio que es poder hablar a otros de su infinito Amor.

Dios me iluminó en esa conversación y entonces comprendí mi egoísmo y lo ingrato que he sido con Él. Fue entonces cuando comencé a agradecerle todas las cosas que había olvidado, y aún más de aquellas por las que tanto me quejaba.

Recuerda: “Pobre del que, al final del día, no sepa qué agradecer ni a Quien”.
¡Que Dios te bendiga! Y ya sabes… ¡no te quejes!

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piedra rioUn monje muy sabio estaba rezando a la orilla del río, cuando llegó un hombre joven y le dio dos enormes perlas, como prueba de respeto y devoción.

El monje abrió los ojos y tomó una de ellas con tan poco cuidado, que ésta rodó hasta caer al río.

Horrorizado, el joven se zambulló en el agua para recuperarla. Buceó sin tregua hasta la noche pero no consiguió dar con ella. Al fin, completamente empapado y exhausto, sacó al monje de su oración y le dijo: ¡Tú viste donde cayó!. ¡Indícame el lugar exacto para que yo pueda encontrarla!

El anciano monje tomó la otra perla, la lanzó al río y dijo: “Justo allí”.

Imagen relacionadaUn pequeño niño quería conocer a Dios. Él sabía que era un viaje largo a donde Dios vivía, así que llenó su maleta de galletas y empezó su viaje.

Cuando había recorrido tres calles, encontró a un hombre de avanzada edad. El hombre estaba sentado en el parque cerca de unas palomas. El niño se sentó a su lado y abrió su maleta, sacó un paquete de galletas para tomárselas y se dio cuenta de que el viejo hombre se veía hambriento, así que le ofreció una galleta.

Agradecido, él aceptó y le sonrió. Su sonrisa fue tan agradable que el niño quiso verla nuevamente así que le ofreció otra galleta. Otra vez, el hombre le sonrió.

¡El niño estaba encantado!

Ellos estuvieron ahí toda la tarde comiendo galletas y sonriendo, pero nunca dijeron ni una palabra.

Cuando oscureció, el niño se sentía cansado y supo que tenía que irse, pero antes de que diera algunos pasos más, se dio media vuelta y corrió hacia el viejo hombre y le dio un fuerte abrazo. Él le dio su sonrisa más grande.

Cuando el niño regresó a su casa y abrió la puerta, su mamá sorprendida por la cara de alegría en su rostro, le preguntó: -¿Qué hiciste hoy que te ves tan feliz?.

Él le contestó: “Comí con Dios”y antes de que su madre pudiera decir una palabra, el niño agregó: “¿Sabes? Dios tiene la sonrisa más hermosa que he visto”.

Mientras tanto, el viejo hombre, también radiante de jubilo, regresó a su casa y su hijo al verlo entrar con el rostro lleno de paz le preguntó: “Papá, ¿qué has hecho hoy que te ves tan feliz?”

El respondió: “Comí galletas en el parque con Dios”. Antes de que su hijo pudiera decir una palabra, el agregó: “¿Sabes? Él es mucho más joven de lo que pensé…”

Muchas veces subestimamos el poder de una caricia, una sonrisa, una palabra amable, el escuchar, o el mínimo acto de preocuparse por alguien… Y todo esto le da sentido a nuestra vida. Las personas llegan a nuestra vida por una razón, en alguna estación y por un tiempo.

¡Disfrútalo!

“Cristiano por nombre”

Durante una de las batallas que libró Alejandro Magno, le comunicaron que un miembro de su tropa se había comportado cobardemente, por lo que ordenó que el soldado fuese traído ante él.

Estando frente al general, éste le preguntó:

“¿Cuál es tu nombre?”.

El soldado con cara de vergüenza respondió: “Igual que usted señor: Alejandro”.

Entonces le dijo el General: “O bien cambias tu nombre o cambias tu conducta”.

 ¡Y tú, si eres cristiano y no vives y actúas como tal:

cambia tu nombre o cambia tu conducta!

Hace un tiempo me puse a observar detenidamente la vida de las hormigas, y confieso que quedé asombrado al verlas trabajar con tanto orden y empeño. Pero una hormiga en particular atrajo mi atención. Negra y de tamaño mediano, la hormiga llevaba como carga una pajita que era seis veces más larga que ella misma.

Después de avanzar casi un metro con semejante carga, llegó a una especie de grieta, estrecha pero profunda, formada entre dos grandes piedras. Probó cruzar de una manera y de otra, pero todo su esfuerzo fue en vano. Hasta que por fin la hormiguita hizo lo insólito. Con toda habilidad apoyó los extremos de la pajita en un borde y otro de la grieta, y asi se construyó su propio puente, sobre el cual pudo atravesar el abismo. Al llegar al otro lado, tomó nuevamente su carga y continuó su esforzado viaje sin inconvenientes.

La hormiga supo convertir su carga en un puente, y así pudo continuar su viaje. De no haber tenido esa carga, tan pesada para ella, no habría podido avanzar en su camino…

¿Cuántas veces nos quejamos por los problemas, las cargas y las pruebas que debemos soportar? Pero sin darnos cuenta, esas mismas cargas -bien tomadas- pueden convertirse en puentes y peldaños que nos ayudan a avanzar.