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Resultado de imagen de prohibido quejarsePensaba que mi vida no iba bien. Sentía que algo siempre me faltaba. Entonces hablé con Dios.

– Me quejé de lo que me salió mal en el trabajo, pero no agradecí las manos que tengo para trabajar.

– Me quejé de tener que soportar el ruido de mis hermanos, pero no agradecí por tener una familia.

– Me quejé cuando no tenía lo que más me gustaba para comer, pero olvidé agradecer el hecho de tener qué comer.

– Me quejé por mi salario, cuando miles ni siquiera tienen uno por estar parados.

– Me quejé porque no apagaban la luz de mi cuarto al salir, pero no pensé en que muchos no tienen hogar donde tener alguna luz encendida.

– Me quejé por no poder dormir un poquito más, olvidando a quienes darían todo por tener su cuerpo sano para poder levantarse.

– Me quejé porque mi madre me reprendía, cuando millones desearían tenerla viva para poder honrarla y abrazarla.

– Me quejé porque no tenía tiempo, cuando me pidieron que diera catequesis sobre Jesús, olvidando el privilegio que es poder hablar a otros de su infinito Amor.

Dios me iluminó en esa conversación y entonces comprendí mi egoísmo y lo ingrato que he sido con Él. Fue entonces cuando comencé a agradecerle todas las cosas que había olvidado, y aún más de aquellas por las que tanto me quejaba.

Recuerda: “Pobre del que, al final del día, no sepa qué agradecer ni a Quien”.
¡Que Dios te bendiga! Y ya sabes… ¡no te quejes!

“La dulzura de Dios”

Resultado de imagen de la dulzura de diosUn día, la profesora, preguntó a los niños quién sabría explicar quién es Dios.

Uno de los niños levantó el brazo y dijo: “Dios es nuestro Padre, Él hizo la tierra, el mar y todo lo que está en ella; nos hizo como hijos suyos”.

La profesora queriendo buscar más respuestas fue más lejos. “¿Cómo sabéis que Dios existe si nunca lo habéis visto?” La clase quedó en silencio.

Un niño muy tímido, alzó la mano y dijo: “Mi madre me dijo que Dios es como el azúcar en la leche que ella me prepara todas las mañanas. Yo no veo el azúcar que está dentro de la taza de leche, pero si ella no pone el azúcar, la leche queda sin sabor. Dios existe y está siempre en medio de nosotros, sólo que no lo vemos. Pero si Él no está, nuestra vida queda sin sabor”.

La profesora sonrió y dijo: “Muy bien, yo os he enseñado muchas cosas, pero tú, me has enseñado algo más profundo que todo lo que yo ya sabía. Ahora sé que Dios es nuestra azúcar y que está todos los días endulzando nuestras vidas”.

Le dio un beso y salió sorprendida con la respuesta de aquel niño.

Y tú, ¿has descubierto ya a Dios en tu vida?

historias de amor El día en el que mis padres
celebraban su
50 aniversario de boda,
mi madre sonrió y le dijo a mi padre:

“Ojalá te hubiera conocido antes”.

 

Resultado de imagen de dibujos padre pío de pietrelcinaUna tarde, el Padre Pío de Pietrelcina estaba en cama y lo asistía

su sobrino Mario.

El tío le dijo: – Mario, tráeme el arma.

El sobrino buscó por aquí y por allá en la celda, sobre la mesa,

en el cajón.

– Pero tío, no encuentro ningún arma.

– Mira en el bolsillo de mi hábito.

El sobrino buscó en el amplio bolsillo, y nada. ¡Tío, está sólo la

corona del rosario!

– ¡Muchacho! ¿No es esa el arma?

 “El Rosario es un arma poderosa entregada por la Virgen María”
(San Juan Pablo II)

Resultado de imagen de céspedUn niño pequeño se acercó a su padre que estaba cortando el césped del jardín y le preguntó:

¿Por qué crece el césped?

El padre paró su trabajo un momento y pensó en cómo explicar a su hijo de cuatro años el tema de la fotosíntesis, el sol, la energía…

Y además el porqué…

Al final, viendo que era demasiado complicado explicárselo contestó simplemente: – “Porque quiere crecer.”

El niño contestó: – “Pero, papi, entonces porqué lo cortas?”

No digas: “Padre”Resultado de imagen de padre nuestro

si no te comportas como un hijo.

No digas: “Nuestro”
si vives aislado en tu egoísmo.

No digas: “Que estás en los cielos”
si solo piensas en las cosas de este mundo.

No digas: “Santificado sea tu nombre”
si no le honras con tus palabras y tus obras.

No digas: “Venga a nosotros tu reino”
si te conformas con el éxito material.

No digas: “Hágase tu voluntad”
si no la aceptas cuando es dolorosa.

No digas: “Danos hoy nuestro pan de cada día”
si no te preocupas de los que pasan hambre.

No digas: “Perdona nuestras culpas”
si le tienes rencor a tu hermano.

No digas: “Líbranos de todo mal”
si no quieres luchar contra el mal.

No digas: “Amén”

si no has entendido ni tomas en serio las palabras del “Padre Nuestro”.

Imagen relacionadaUn día, cuando yo era adolescente, estaba con mi  padre haciendo fila para comprar entradas para el circo. Al final, solo quedaba una familia entre la ventanilla y nosotros. Esta familia me impresionó mucho. Eran ocho chicos, todos probablemente menores  de doce años. Se veía que no tenían mucho dinero. La ropa que llevaban no era cara, pero estaban limpios. Los chicos eran bien educados, todos hacían bien la fila, de a dos detrás de los padres, tomados de la mano.

Hablaban con excitación de los payasos, los elefantes y otros números  que verían esa noche. Se notaba que nunca antes habían ido al circo.

Prometía ser un hecho sobresaliente en su vida. El padre y la madre estaban  al frente del grupo, de pie, orgullosos. La madre, de la mano de su marido,  lo miraba como diciendo: “Eres mi caballero de brillante armadura”. Él sonreía, henchido de orgullo y mirándola como si respondiera: “Tienes razón”. La empleada de la ventanilla preguntó al padre cuántas entradas quería. Él respondió con orgullo:

“Por favor, déme ocho entradas para menores y dos de adultos”.

La empleada le indicó el precio. La mujer soltó la mano de su marido, ladeó su cabeza y el labio del hombre empezó a torcerse. Este se acercó un poco más y le preguntó: ¿Cuánto dijo?”. La empleada volvió a repetirle el precio.

¿Cómo iba a darse vuelta y decirle a sus ocho hijos que no tenía suficiente dinero para llevarlos al circo?. Viendo lo que pasaba, papá puso la mano en el bolsillo, sacó un billete de veinte euros y lo tiró al suelo. (Nosotros no éramos ricos en absoluto).

Mi padre se agachó, recogió el billete, palmeó al hombre en el hombro y le dijo: “Disculpe, señor, se le cayó esto del bolsillo”. El hombre se dio cuenta de lo que pasaba. No había pedido limosna, pero sin duda apreciaba la ayuda en una situación desesperada, angustiosa e incómoda. Miró a mi padre directamente a los ojos, con sus dos manos le tomó la suya, apretó el billete de veinte euros y con labios trémulos y una lágrima rodándole por la mejilla, replicó:

¡Gracias, gracias señor…! “Esto significa realmente mucho para mi familia y para mí”.

Papá y yo volvimos a nuestro coche y regresamos a casa. Esa noche no fuimos al circo, pero yo nunca olvidaré aquella noche.