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Un grupo de ranas viajaba por el bosque y de repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando vieron lo hondo que era el hoyo, le dijeron a las dos ranas en el fondo que se debían dar por muertas ya que no saldrían.

Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con todas sus fuerzas. Las otras seguían insistiendo que sus esfuerzos serían inútiles.

Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió. Ella se desplomó y murió.

La otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible. Una vez más, la multitud de ranas le gritaba y le hacían señas para que dejara de sufrir y que simplemente se dispusiera a morir, ya que no tenía sentido seguir luchando. Pero la rana saltaba cada vez con más fuerzas hasta que finalmente logró salir del hoyo.

Cuando salió, las otras ranas le dijeron: “Nos alegramos mucho de que hayas logrado salir, a pesar de lo que te hemos gritado”. La rana les explicó que era sorda, y que pensó que las demás la estaban animando a esforzarse más y salir del hoyo.

En los Estados Unidos de América, en la NASA, hay un póster muy bonito de una abeja, el cual dice así: “Aerodinámicamente, el cuerpo de una abeja no está hecho para volar, lo bueno es que la abeja no lo sabe”.

“TÚ Y YO HEMOS SIDO CREADOS PARA EL CIELO… ¿LO SABES?”
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piedra rioUn monje muy sabio estaba rezando a la orilla del río, cuando llegó un hombre joven y le dio dos enormes perlas, como prueba de respeto y devoción.

El monje abrió los ojos y tomó una de ellas con tan poco cuidado, que ésta rodó hasta caer al río.

Horrorizado, el joven se zambulló en el agua para recuperarla. Buceó sin tregua hasta la noche pero no consiguió dar con ella. Al fin, completamente empapado y exhausto, sacó al monje de su oración y le dijo: ¡Tú viste donde cayó!. ¡Indícame el lugar exacto para que yo pueda encontrarla!

El anciano monje tomó la otra perla, la lanzó al río y dijo: “Justo allí”.

Dur¡También existen puercoespines albinos!ante la era glacial , muchos animales morían por causa del frío.

Los puerco espines, percibieron esta situación, acordaron vivir en grupo, así se daban abrigo y se protegían mutuamente.

Pero las espinas de cada uno herían a los vecinos más próximos, justamente a aquellos que le brindaban calor, y por eso se separaron unos de otros.

Pero volvieron a sentir frío y tuvieron que tomar una decisión, o desaparecían de la faz de la tierra o aceptaban las espinas de sus vecinos.

Con sabiduría decidieron volver a vivir juntos.

Aprendieron así a vivir con las pequeñas heridas que una relación muy cercana podía ocasionar porque lo que realmente era importante era el calor del otro.

¡¡¡Sobrevivieron!!!

“La mejor relación no es aquella que une personas perfectas, es aquella donde cada uno acepta los defectos del otro y consigue perdón por los suyos propios”.

Resultado de imagen de el sembrador de datilesEn un oasis en el desierto, se encontraba un anciano de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras.

Un joven mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio al anciano, que parecía cavar en la arena.

Tras saludar al anciano, le preguntó con curiosidad: -“¿Qué haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?”.

-“Siembro” -contestó el viejo.

-“¿Qué siembras aquí?”.

-“Dátiles” -respondió el anciano mientras señalaba a su alrededor el palmar.

-“¡Dátiles! El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor”.

–”No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos”.

El joven dijo al anciano: -“Mira, amigo, los datileros tardan más de cincuenta años en crecer y sólo cuando son palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no te deseo ningún mal, pero tú eres ya anciano y sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.”

El anciano contestó: -“Joven, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probar esos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto.”

-“Me has dado una gran lección. Déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste” – y diciendo esto, le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.

-“Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, tú decías que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseché una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.”

La fábula del ganso de los huevos de oro nos advierte que no debemos ser codiciosos.

Un granjero descubrió que tenía un ganso que ponía un huevo de oro cada día.

El granjero comenzó a ganar dinero con el pequeño tesoro que su ganso le ofrecía diariamente.

Sin embargo, un día, se le ocurrió que todo el oro del ganso estaba dentro de su cuerpo y lo quiso todo de una vez.

Así que mató al ganso, lo abrió y descubrió que el interior del ganso era igual que el de cualquier otro ganso ordinario. Y ya nunca recibió más huevos de oro.

Imagen relacionadaEn cierta ocasión, siendo San Bernardo un joven muy elegante, de buen aspecto, y cuando todavía no había entrado en la vida monástica, se  encontraba cabalgando lejos de su casa con varios amigos, hasta que cayó la noche, por lo que tuvieron que buscar hospitalidad en una casa.

La dueña los recibió bien, e insistió en que Bernardo, como jefe del grupo, ocupase una habitación separada. Durante la noche, la mujer se presentó en la habitación con intenciones deshonestas. Bernardo, en cuanto se dio cuenta de lo que se avecinaba, fingió con gran presencia de ánimo creer que se trataba de un intento de robo, y con toda su fuerza empezó a gritar:

–  ¡Ladrones, ladrones!

La intrusa se alejó rápidamente. Al día siguiente, cuando el grupo se marchaba cabalgando, sus amigos empezaron a bromear acerca del imaginario ladrón, pero Bernardo, contestó con toda tranquilidad:

–  No fue ningún sueño. El ladrón entró indudablemente en la habitación, pero no para robarme el oro y la plata, sino algo de mucho más valor.

“Señor, concédeme

SERENIDAD

para aceptar las cosas que no puedo cambiar,

VALOR

para cambiar aquellas que puedo

y

SABIDURÍA

para distinguir la diferencia entre ambas.

Amén”